Un día de esos en que
Borges no ganó el Nobel
(Historia de una foto)
Es un clásico ya que cada argentino cuente su anécdota de cuándo se encontró con Borges, de cuándo lo ayudó a cruzar una calle, de cuándo fue a escucharlo a una conferencia. Esto no va a ser una excepción. Tuve la fortuna de dialogar con él en varias y señaladas ocasiones, era muy generoso con los poetas jóvenes. Pero la que narraré fue la primera y más graciosa, vista así de lejos.Jorge Luis Borges fue un candidato casi permanente, y permanentemente frustrado, al máximo galardón de la literatura a nivel mundial. El mismo solía ironizar -con su fino humor- acerca de la situación, diciendo con una sonrisa que el que él no lo recibiera, tanto como que fuera siempre candidato futuro, era parte de una tradición escandinava.
La anécdota mía se remonta a 1979. El jueves 18 de octubre fue uno de esos días en que se supo que el Premio Nobel de literatura de 1979 tampoco sería para Borges; se lo habían otorgado a un poeta griego casi desconocido, Odysseus Elytis. Yo era una joven cronista de la agencia de noticias Télam y mi jefe de redacción me envió a que fuera, junto con un fotógrafo, hasta la casa de Borges, en la calle Maipú 994, para poner algunas declaraciones del escritor junto con una foto del día para el servicio a todos los diarios y a las radios.
La orden era concreta. Esto es un servicio de noticias y quiero que se note claramente que la nota es de hoy, que no la sacamos de la parrilla.
¿Cómo haríamos para que la foto se notara que era de ese día?, porque fotos de Borges había millones... El que debía ir más preocupado era mi socio del caso, el fotógrafo Marcel Yves Martin, un veterano reportero francés muy acriollado que me acompañaba en la nota. Pero no dijo nada cuando escuchó la orden del jefe. Sabía que era inapelable y que de algún modo habría que salir del paso. Fuimos los primeros periodistas en llegar, antes de la troupe de colegas que inexorablemente solía agolparse en la puerta para esas fechas desde hacía años. A eso de las 10 de la mañana nos abrió la puerta Fanny, la fiel servidora de los Borges, y nos hizo pasar al pequeño living donde un impecable y tranquilo Jorge Luis Borges estaba sentado en su sillón, bastón en mano. Al decirle quién era y para qué venía -lo que en realidad era una disculpa por la situación embarazosa de sacarle declaraciones porque una vez más no había ganado el Nobel- , me sonrió amable, casi enternecedoramente. Me dio la mano, me la retuvo unos segundos -que para mí, una incipiente poeta de 19 años, fueron siglos- y me dijo: "no se preocupe, se trata de una situación que lejos de molestarme, me divierte. Me apena sí por los argentinos, que lo sienten como si fuera que han perdido un importante partido de fútbol".
Mientras hablábamos, de reojo advertí cómo se las arreglaba el francés Marcel para armar la foto exigida por el jefe. Sacó de su bolsillo un taco de almanaque y lo colocó estratégicamente en el brazo del sillón donde estaba sentado Borges y disparó su cámara repetidamente mientras el maestro me estrechaba la mano una vez más. En tanto, él sonreía diciendo: ...Muchacha, vea hasta qué punto se crea tanta expectativa en torno del Nobel. Y me contó que el día anterior había tomado un taxi, y al descender, el taxista también se bajó para despedirlo y le gritó ¡suerte, maestro! como quien viva a un boxeador o a un futbolista ante un gran campeonato pendiente.